Deja tu mensaje a Paul Auster en nuestra librería |
LOS CUADERNOS DE PAUL AUSTER
- Creí que habías dejado de escribir para siempre.
- Esto es diferente. No tiene nada que ver con lo que hacía.
- ¿Dónde está?
- Detrás de ti. En el suelo del armario que está debajo de la escalera. Un cuaderno rojo.
Me volví, abrí la puerta del armario y cogí el cuaderno. Era un cuaderno corriente de espiral con doscientas páginas rayadas. Eché una rápida ojeada al contenido y vi que todas las páginas estaban llenas: La misma conocida escritura, la misma tinta negra, la misma letra pequeña. Me levanté y regresé a la rendija entre las dos hojas de la puerta.
Paul Auster
Trilogía de Nueva York_La habitación cerrada
Había también dos montones de cuadernos alemanes y portugueses. Los portugueses me resultaban especialmente atractivos, y con sus tapas duras, sus líneas cuadriculadas y sus pliegos de resistente papel cosido donde no se corría la tinta, en cuanto cogí uno y lo tuve entre las manos supe que iba a comprármelo.
Paul Auster
La noche del oráculo
Cuando no se me ocurrieran anécdotas que contar sobre mí mismo, escribiría cosas que hubieran sucedido a conocidos míos, y cuando esa fuente se agotara a su vez, me inspiraría en hechos históricos, recordando las locuras de mis congéneres a lo largo de los siglos, empezando por las civilizaciones perdidas de la antigüedad y llegando hasta los primeros meses del siglo XXI. (…)
Pensaba en el proyecto como si fuese un libro, pero en realidad no lo era. Utilizaba cuadernos de papel amarillo…
Paul Auster
Brooklyn Follies
Pasaba los días en una magnífica indolencia. Aparte de las sencillas tareas de la casa no tenía responsabilidades dignas de mención. Siete mil dólares era una suma considerable en aquellos tiempos, y no tenía ninguna necesidad inmediata de hacer planes. Volví a fumar, leía libros, paseaba por las calles del bajo Manhattan, llevaba un diario.
Paul Auster
El palacio de la luna
Además de las páginas fotocopiadas de su diario, Cécile adjuntaba una breve carta. Me daba las gracias por los whiskeys, por soportar sus groseras e imperdonables lágrimas, y por dedicar tanto tiempo a hablarle de Adam. Luego se disculpaba por su ilegible caligrafía y se ofrecía a ayudarme si tenía dificultades para descifrarla. La encontré perfectamente legible. Se distinguía bien cada palabra, ni una sola letra ni signo de puntuación inducía a confusión. El diario estaba escrito en francés, por supuesto, y lo que sigue es una traducción mía, que incluyo con plena autorización de la autora. (…) Diario de Cécile Juin.
Paul Auster
Invisible
Ha llegado un día de 1979 a un apartamento de la calle Varick, en Nueva York, a una habitación en el décimo piso del número 6 de la calle Varick. Duerme vestido, dentro de un saco de dormir, sobre un colchón en el suelo. Vive con unos cuantos libros, tres sillas (los días se distinguen por la silla donde te sientas cada día), una mesa, un lavabo. Como el ascensor está roto, no sale a la calle: no porque la calle no merezca el viaje por las escaleras inacabables, sino porque volver a la ruindad de la habitación no merecería el viaje por las escaleras inacabables. El mundo es un saco de dormir, un colchón, tres sillas, una mesa, unos libros, un lavabo, una habitación en un décimo piso: el mundo es incomprensible. Entonces Paul Auster abre un cuaderno, empieza a escribir, trata de traducir el mundo a palabras comprensibles.”
Paul Auster / Justo Navarro
El cuaderno rojo



Paul, coge la pluma, hazla volar y que la casualidad haga chocar la locomotora de la imaginación con el vagón de la realidad.
Gracias maestro.